18/10/09

Fabio's Chronicles 1

Bueno, un nuevo fic que me ha dado por escribir, emulando un poco al prota de Assassins Creed, un juego que mola xD. Estaba inspirado, pero necesitaré mas conocimientos y enchufes a peliculas en torno a la edad media para ver como sigo, aunque ya tengo varias ideas xD. Y, por supuesto, clases de latín. A saber si ese traductor me estará diciendo las cosas bien XD.

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Fabio's Chronicles 1: Los asesinos


El frío se contenía en aquella cárcel dadas sus paredes de piedra y su localización en el globo, hecha especialmente para los peores asesinos que habían aterrorizado el mundo. Mataron a sangre fría, se deshicieron de los cuerpos y continuaban asesinando. Más y más. Y lo peor: nunca lo negaron, reconocieron hacer todo aquello y sólo cuando fueron capturados desvelaron todos sus crímenes, pero no el motivo de haberlos realizado. Se llegó a sospechar que los diez a los que habían encerrado eran una especie de organización secreta que mataba por sus propios intereses. Pero nunca conocieron esos intereses, ni siquiera indicios de la existencia de tal organización, y mucho menos sus verdaderas razones. Fue por ello que se les encerró y se llamó a la cárcel Carcer Carnifex, en latín, la cárcel de los asesinos. Carcer Carnifex se dividía diez habitaciones o celdas, pequeñas y franqueadas en la entrada por gruesos y resistentes barrotes de puro hierro, que se extendían a lo largo de un oscuro pasillo de piedra. Encima de cada celda había una pequeña placa con un erosionado número romano, numerando cada una de las celdas. El ocupante de la celda número uno, un asesino que se hizo llamar Fausto, había fallecido unas noches antes, incapaz de resistir más debido a su avanzada edad a pesar de ser bastante joven. Un carcelero se ocupó de comunicárselo a los otros nueve con sorna, y aunque no hubo respuesta alguna de ninguno, la ira empezó a aflorar en el interior de cada uno de ellos. Y es que las condiciones en las que los mantenían en aquella prisión no eran precisamente buenas, pero así habían decidido que tenían que pagar por sus crímenes. Encadenados a una pared de pies y manos, nunca podrían liberarse y jamás los moverían, haciendo que con el paso del tiempo sus músculos apenas respondieran. No podían siquiera hacer sus necesidades, y la comida se basaba en un pedazo de pan que les metían en la boca, acompañado de un chorro de agua. Dos veces al día, lo justo para no morir, teniendo en cuenta la resistencia de aquellos diez, ahora nueve, hombres.
El día siguiente a la muerte de Fausto el cielo se tornó rojo al atardecer. Carcer Carnifex se encontraba en una de las zonas de taiga próximas a la zona más norte de este mundo, perdida entre la inmensidad de tan bello paisaje. La cárcel rompía un poco con la armonía y el ambiente frío del lugar: una estructura gris y triste que se alzaba entre la vegetación de coníferas. No era muy alta, pues parte de su interior se refugiaba bajo tierra para intentar aislar los vientos gélidos que azotaban la zona en invierno. Los guardianes de aquella prisión solían ser cuatro, que se renovaban cada semana para que el clima no afectara a su salud. Aquella tarde llegarían en carreta los cuatro suplentes, los que había ahora se marcharían con el cuerpo de Fausto para llevarlo a la capital. Uno de los guardias actuales, el que se había mofado de que el número uno de sus prisioneros se hubiera muerto, tenía especial interés por marcharse del lugar, ya que el aura asesina de los nueve asesinos restantes le martillaba la mente cada vez que paseaba por el pasillo mientras vigilaba. Ahora se encontraba en el pasillo que daba a las diez celdas, hablando entre susurros con los otros tres guardias.
-Cargaremos el cuerpo de ese malnacido en la carreta y nos iremos de aquí, esto empieza a incomodarme.
-Sus miradas son más frías que nunca-atajó otro, el más enclenque de los cuatro-. No dicen palabra, pero sus miradas lo expresan todo. Si pudieran nos habrían asesinado con todas sus ganas, con todo su odio.
-No seáis cobardes, caballeros-dijo otro, girado hacia la zona de las celdas mientras hablaba en un tono normal con los demás-. Esos asesinos no tienen nada que hacer, la prisión está hecha para que vayan muriendo uno a uno, como hicieron morir a los nuestros. Ya ha caído el primero, espero que no tarden en caer los demás.
Los otros tres le miraron con expresión cargada de temor, admiraban que se atreviera a hablar en voz alta cuando los nueve sangrientos asesinos podían oírle. Todos sabían que estaban a salvo al estar ellos en aquellas condiciones, pero no podían evitar sentir miedo. Aquella prisión había sido creada para los asesinos, para hacerles pagar por sus actos, para que murieran lenta y desgraciadamente, acompañados por el frío. El frío que ellos mismos hacían sentir con su presencia, un aura helada, imponente y a la vez ágil que se sentía cuando se aproximaban a ellos. Nadie sabía como habían podido capturarlos, pero todos se alegraban de ello.
-Llega su hora de comer antes de nuestra ida-añadió el último de ellos-.
Los demás asintieron y accedieron con paso firme por el pequeño pasillo hasta el más amplio, el que reunía en fila las diez celdas. La luz de dos antorchas colocadas a ambas esquinas de la entrada al pasillo era lo único que iluminaba débilmente los habitáculos, con especial intensidad la celda del número cinco, la primera que se encontraba solo con entrar al pasillo. Aquel asesino tenía el pelo castaño oscuro, al igual que sus ojos, aunque no se le solía distinguir ya que el pelo le caía sobre su cara ocultando sus facciones angulosas y sus pequeños rastros dispersos de vello facial que se llegaban a entrever. Era el mediano de los prisioneros, German, que según suponían sus carceleros se acercaba a los treinta años pero no debía tener más de esa edad. Era el que parecía el más tranquilo, pero aun así se sentía aquella presencia asesina y fría.
La comida se guardaba en un pequeño baúl, se traía nuevos panes cada semana y ese día, domingo, lo único que quedaba eran trozos de pan duro y seco no demasiado comestible. A los carceleros eso les daba igual, porque el pan era la comida de los prisioneros y no de ellos, que tenían una despensa llena de reservas para su disfrute propio. Cada uno de los carceleros cogió varios trozos generosos de aquel pan viejo y una jarra de agua, y se acercaron a las celdas. Todos tenían las llaves de cada una de las celdas, así que se repartieron el trabajo. Uno fue hacia la celda dos y tres; otro, hacia la cuatro, cinco y seis, el siguiente hacia la siete y ocho y el último, el que había comunicado la muerte del número uno y más cobarde que todos a pesar de ocultarse tras una fachada de dureza, se dirigió a las celdas de los más jóvenes: nueve y diez. Ambos asesinos debían rondar la misma edad, unos veinte años aproximadamente. El número nueve tenía el pelo corto y negro, ojos profundos y serios, y el número diez era el más extraño, estaba rapado al cero y sus ojos eran azules. El número nueve se llamaba Fabio, y el décimo, Marcos.
-Eh-llamó la atención el guardia a Marcos, abriendo su celda en un chirrido metálico y quejumbroso-.
El chico levantó la mirada y miró fijamente a su carcelero. Sus ojos azules se clavaron en él con odio, por lo que el carcelero fue tentado a retroceder un paso, pero no quería indicar debilidad ante el más joven de ellos. El cobarde carcelero se acercó con paso decidido a aquel chico, como tantas otras veces había hecho. A cada paso que daba le pareció que el ambiente se volvía más frío, sensación que ya había experimentado otras veces y que aún no había logrado superar la sensación que le suponía: miedo. Sacó toda la valentía que pudo y propinó un puñetazo en la barriga del joven asesino, por encima de la mugrienta túnica gris que le cubría, haciendo que obedientemente abriera la boca para que él pudiera darle el alimento del día. Masticó a duras penas debido a la dureza del pan y se ayudó a tragar con el agua que presurosamente el carcelero vertió en su boca, haciendo que un poco se resbalara entre las comisuras de sus labios. Sin dejar de notar como sus ojos asesinos se clavaban en él, el guardia salió de la estancia rápidamente, cerrando la puerta hecha con los firmes barrotes de hierro. Seguidamente se dirigió a la otra celda, la que más le costaba. El chico asesino que estaba recluida en ella seguía siendo más joven que él, pero a diferencia del otro, su aura asesina era mucho más fuerte e intimidaba mucho más. Solo cuando entró, la mirada del asesino se clavó en la suya, esta vez mucho más potente que la de el décimo recluido, y finalmente el carcelero dio un paso atrás, arrepintiéndose de mostrar su debilidad. Por primera vez el carcelero vio que uno de los prisioneros mostraba alguna emoción, éste parecía sonreír. Sacando más coraje del que tenía, se aproximó encolerizado y le dijo:
-¿De qué te ríes, eh? ¡Más me reiré yo cuando estéis bajo tierra!
La sonrisa se borró de la cara del muchacho, y por dentro volvió a recorrerle la ira que había resurgido, apagada desde el primer día que fueron encarcelados aquí, por la muerte de Fausto y por la información burlesca que había proporcionado aquel guardia al respecto. Cuando el guardia, decidido, fue a meterle el pan seco en la boca, el chico lo rechazó escupiéndoselo a la cara. El guardia, claramente enfadado, fue a estrellarle la jarra de agua en la cabeza, pero no previó que el pie del asesino se había soltado de sus ataduras por fin y se dirigía en una veloz patada que le golpeó en el costado y lo tiró contra la pared. Más enfadado aun, el guardia sacó su espada y fue a arremeter contra el joven, pero sorprendido vio como sus manos se escurrían de entre los grilletes que le sujetaban los brazos en lo alto, dejando sus manos libres. Con un tirón, logró romper la cadena que le sujetaba el pie, y por fin fue libre, cayendo de la pared que estaba atado al suelo y aterrizando de cuclillas. Alarmado, el guardia gritó, pero no le dio tiempo a nada más, pues el ágil asesino le arrebató la espada y le rebanó la cabeza de un movimiento rápido, manchando el suelo de sangre. El asesino se acercó a su cuerpo inerte y le arrebató la capucha gris que llevaba el guardia por encima de sus otros múltiples abrigos. Se pasó el gorro de la prenda por encima de la cabeza, cogió el cinto con la vaina y se lo ajustó a su delgada cintura, enfundando la espada. Seguidamente, cerró la celda mientras los otros carceleros parecían seguir con la alimentación de los prisioneros, sin siquiera advertir en los gritos del guardia.
-Je...-susurró Fabio, mientras seguía por el pasillo que se alejaba de las celdas
-¡Oye!-surgió una voz a su espalda, lo que hizo que sin darse la vuelta se llevase las manos al mango de la espada, preparándose-¿Ya has terminado?
Él solo asintió de espaldas y su interrogador pareció darse por satisfecho, dejando que avanzara por el pasillo con rapidez, escapando de aquella prisión lo más rápido que podía. El pasillo era más largo de lo que parecía, y ya se escuchaban gritos de asombro del pasillo de las celdas: habían descubierto lo que había hecho. Rápidamente, los tres guardias restantes se encaminaron tras él , pero Fabio encontró la salida, había que subir unas escaleras empedradas para acceder a ella. Las subió de tres en tres dadas sus largas y rápidas piernas, y se abalanzó sobre la puerta saliendo al frío exterior. Allí vio algo que no esperaba: había llegado la carreta, tirada por dos caballos, que traía a la nueva guardia para aquella semana. Él no dijo nada, y con sorprendente agilidad se deslizó junto a ella para alejarse de allí, pero una mano lo detuvo agarrándolo por el brazo.
-¡Espere!-le dijo el nuevo carcelero, mientras lo seguía agarrando-¿Ya os vais? ¿Y vuestros compañeros? ¿y el cuerpo? ¿no ibais a usar esta carreta?
El asesino lo miró con sus profundos ojos negros, con odio, y desenfundó su espada mientras se disponía a despegar sus labios para hablar tras mucho tiempo.
-Preguntas demasiado.
Enterró la punta de la espada en su corazón, sin dejarle pronunciar ni una pregunta más. El rojo atardecer empezaba a volverse oscuro, la noche se aproximaba. Fabio miró al cielo y se alejó de allí, pero de pronto los otros tres carceleros le bloquearon el paso, blandiendo sus espadas, impidiéndole avanzar por el bosque de coníferas. El joven asesino, suspirando, les arrebató con su espada las suyas de las manos, dejándolos desprotegidos. Mató al que todavía quería impedirle el avance, y dejó a los otros atrás, intimidados por su habilidad para asesinar.
-¡No llegaréis muy lejos!-dijo uno, temeroso de que se diera la vuelta para matarlo-¡Daremos aviso al rey de estas tierras! ¡Irá tras vos!
Fabio ignoró sus palabras y enfundó su espada, llena de sangre. Corrió con agilidad y sigilo entre las coníferas, mientras la noche se cernía sobre él como un manto oscuro y luminoso a la vez, que lo ocultó entre las sombras perdiéndose de la vista de los guardias. De pronto surgieron los otros tres de dentro de la fortaleza, que observaron horrorizados como también habían matado a uno de los nuevos guardias. El que unos minutos antes había hablado con seguridad, se adelantó a hablar con los nuevos, observando el cadáver de su compañero.
-Ha huido, supongo-dijo
-Nos desarmó y se internó en la oscuridad-le respondió uno-. A estas horas será imposible darle alcance.
-Mañana nosotros iremos a dar aviso al rey-añadió-. Os tendréis que quedar aquí con los restantes.
-¿Sólo ha escapado él?-preguntó otro de los nuevos guardias-.
El guardia de la voz cantante suspiró, alzando la vista al cielo. Negó con la cabeza.
-Dios se apiade de las próximas víctimas, y de nosotros, no debían escapar.

2 comentarios:

  1. Que decir.. Si ya me lo he leido entero y me encanta xD. Estas creando un buen mundo propio con un verdadero aura de asesinos.
    Aunque quiza si que deberias haberte currado un poco mas la parte del odio, que se note mas aun que apenas se podia respirar en las carceles.
    Lo de la rubia y Fabio me ha llegado xD

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  2. Perfecto, ya lo sabes. Uno de los asesinos se llama German, como mi hermano, pero eso también lo sabes xD.
    Sato tiene primicia y encima nos spoilea a nosotros, tus amados (xD) lectores con una rubia D:.
    Menos mal que no soy rencorosa y te perdono, Adri . xDDD

    No sabes los trabajos que he pasado para poder comentar DD: xD

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