3/12/09

Fabio's Chronicles 4

:OOOOOOOOOOOO

Me gusta este capi, mucha acción, mucho guachi de escribir y de releer. Comentad porfas TOT


__________________



Fabio se deslizó entre la gente, sigiloso, pasando totalmente desapercibido. Había conseguido ropajes negros, y por encima llevaba una capucha gris similar a la anterior portada vestimenta de los guardias, capucha incluida. También había robado unas botas, y por fuera de la capucha llevaba el cinto con la espada, y una pequeña daga que había atado dentro de su funda encima del tobillo, pasando desapercibida. Las personas reunidas en la plaza comercial que llegaban a verle pasar, incluso cruzando por delante de sus narices, creían después de verlo que era un suave viento helado que soplaba casualmente. Fabio sin embargo era muy sólido, y por ello no pudo evitar chocarse con alguien que se interpuso súbitamente en su camino. Un transeúnte distraído y muy malhumorado, al menos no era un guardia de la capital.
-Eh, ¡ten más cuidado!
-Tenlo tú-susurró Fabio, apartándose de su camino-.
-¿Así que te crees muy superior, verdad?-dijo el transeúnte, obligando a Fabio a mirarle mientras lo giraba por el hombro-. ¿Quieres pelea?
El hombre, aparte de tener aspecto de mendigo, parecía haber bebido y se tambaleaba ligeramente sobre sí mismo. La boca se le abría, y según observó Fabio, una fina babilla caía sobre su vestimenta. Tenía un aspecto lamentable, por lo que el asesino solo se limitó a escabullirse de nuevo, dejándolo atrás. Cuando por fin pensó haberse librado del molesto borracho, él le volvió a agarrar por el hombro y vociferó por encima del murmullo de la gran plaza que era un ladrón y que le estaba atacando. Fabio puso los ojos en blanco, molesto, y girándose le propinó un puñetazo que le partió el labio inferior y lo dejó en el suelo. El borracho seguía gritando desde abajo, llamando la atención de dos guardias, por lo que el asesino tuvo que huir lo más deprisa de allí que pudo. Por suerte, logró escabullirse mientras los guardias levantaban al andrajoso hombre del suelo, que se quedó señalando la dirección por la que se había ido Fabio. Sin embargo, él no estaba ya ahí. Sin duda Fabio tenía cosas más importantes de las que ocuparse que de un molesto borracho. Debía llegar al castillo y una vez allí, hacer su trabajo. Un trabajo que nadie le había encomendado exactamente, pero que en el fondo sabía que tenía que hacer. En el castillo se alojaba el rey de las del Norte, Adelbert, y el asesino tenía cuentas que saldar con él.
Subió por una escalera a uno de los tejados de una vivienda, y se trasladó por ellos tal y como había hecho huyendo de los guardias cuando se habían adentrado en la ciudad. Fabio sabía que aquellos desplazamientos por los altos de las casas le hacían prácticamente invisible a los ojos de los guaridas, que se concentraban en las plazas, calles y puertas principales de la ciudadela. La que ocupaba al asesino ahora era la de la entrada a los territorios del castillo, una pequeña muralla dentro de la propia muralla exterior de la ciudad. Ya la divisaba a lo lejos en su paso por los tejados. No había viviendas más allá de la muralla que daba a la colina del castillo, así que tendría que entrar por la puerta arqueada que se abría como una boca hacia los jardines del castillo. Tal y como supuso, estaban vigilados por dos guardias distraídos, y levemente armados por dos espadas enfundadas en su cinto. La puerta, por su parte, estaba abierta, y dejaba pasar a comerciantes y otros ciudadanos tras la leve supervisión de los guardias. Ahora mismo se aproximaba a la puerta una carreta cargada de heno, tirada por un solo caballo y su jinete. Fabio no lo dudó, antes de que se aproximase más, bajó del tejado y se introdujo entre las matas de paja, sin que el conductor de la carreta se diera cuenta. Sintió como pasaban lentamente por al lado de los guardias, y una vez traspasó la puerta, soltó un suspiro de triunfo.
-Dentro-murmuró-.
Una vez sintió que la carreta había recorrido lo suficiente, se arrastró sigilosamente entre el heno, cayendo de la carreta de cuclillas y con la capucha llena de paja. Se sacudió con ambas manos y luego alzó la vista al frente. La carreta por la que había entrado subía un pequeño camino empedrado que daría a la entrada principal al castillo, a los lados, setos rectangulares y muchas flores adornaban los jardines de la inmensa construcción, que se alzaba majestuosa de su base a las almenas, gris como la capucha de Fabio e imponente. Él no pensó adentrarse por el camino principal, así que avanzó entre los matorrales y pequeños caminos de paseo del interior de los jardines, subiendo también la pequeña elevación del terreno. Luego se subió a un pequeño árbol frutal y pudo ver donde se situaba la guardia: Dos en la puerta principal, y algunos en las zonas de jardín más próximas al castillo. Un poco más adelante que él, estaba un guardia que vigilaba aquel tramo del jardín, y que si veía a Fabio estaría perdido. Sin embargo, su vida acabó rápidamente cuando, por detrás de un seto, el asesino atravesó su espada por la espalda del guardia, que cayó al suelo con un ruido sordo. Fabio lo dejó atrás, accediendo por fin a uno de los laterales del castillo y dejando indiferentes al resto de guardias, como si nada hubiera pasado. Fabio rodeó el castillo, había estado allí y sabía que por detrás habían más puertas menos custodiadas. Se coló por una, en ese momento sin vigilancia, y que daba a los pasillos de las cocinas. Fabio pensó que no se encontraría a nadie, pero una mujer joven lo vio y, alarmada, se dispuso a alertar a los guardias. El asesino desenfundó su espada y casi le clavó la punta en su cuello.
-Shh.
Ella asintió lentamente y Fabio retiró su arma. Mirando a los ojos a la mujer, el muchacho pareció advertirle con la mirada que si se le ocurría decir nada estaría muerta. Le dio un voto confianza y se alejó sin hacerle nada, corriendo, sabía que en cuanto se hubiera alejado del peligro ella advertiría a la guardia. O quizá no. De todas maneras, él no podía quedarse parado a comprobarlo.
El castillo era tan grande fuera como por dentro, por lo que era muy fácil perderse entre los pasillos de piedra y miles de piedras y escaleras, iluminados por antorchas. Muy poca actividad se advertía dentro del castillo, los guardias estaban fuera y en los lugares que más había que proteger, y el resto de empleados del castillo solía pasar desapercibido. Esto le facilitaba muchas cosas a Fabio, y él ya conocía el castillo, lo había conocido quizá en una de las peores etapas de su vida, hacía unas semanas. No quiso recordar aquellos momentos, por lo que avanzó a más velocidad y centrándose en su objetivo. Subió unas escaleras de piedra, a la vez otras que estaban al final del pasillo del segundo piso, y siguió subiendo por los enrevesados pisos del castillo hasta llegar al que supo que era el penúltimo, al no haber más escaleras, al menos a la vista. Aquel piso era escalofriante, pues era más frío y oscuro que ninguno, y en él estaban las mazmorras y salas de tortura del edificio. El piso no tenía ventanas, y apenas antorchas que aportaran algo de luz, y era un autentico laberinto de celdas y salas con barrotes. Había llegado a oídos de Fabio que el anterior señor de las Tierras del Norte, el padre del rey Adelbert, estaba obsesionado con la justicia, y quería oír sufrir y pagar por sus actos desde el piso de arriba, en sus aposentos, a las personas que habían hecho daño a su gente, ladrones o asesinos, o bien prisioneros de guerra. Y por eso había trasladado las mazmorras a aquel piso. Su hijo, pensaba Fabio, era muy parecido a su retorcido padre.
Fabio pensó seguir avanzando, pero de pronto, oyó unos murmullos.
-Su majestad está de muy mal humor-comentó una voz-. Se ha enterado de lo de Carcer Carnifex. Ha enviado a miles de patrullas en busca de los fugitivos... y ha doblado la seguridad en la cárcel.
-Oh-dijo otro-. Seguro que no parará hasta que los encuentren.
-Seguro.
Fabio escuchaba atentamente oculto tras una pared mientras los dos guardias pasaban a su lado sin darse cuenta. Frunció el ceño, no le gustaba la nueva información. Aunque doblar la seguridad de esa asquerosa y fría cárcel y mandar a más patrullas a buscarle es lo único y más básico que podía hacer aquel incompetente rey, según la opinión de Fabio. Éste por su parte siguió caminando casi con los ojos cerrados por el enrevesado laberinto de pasillos. Finalmente, vio unas escaleras y una puerta al final, que abrió con cuidado y cerró tras de sí. El piso superior tenía mejor aspecto, antorchas y estandartes en los que había bordado un triángulo dorado con un árbol azul dentro, el símbolo de las Frías Tierras del Norte, colgaban de las paredes y las adornaban. A Fabio no le importó lo más mínimo, y siguió avanzando. Recordaba ese pasillo, lo atormentaba. Sin embargo, debía seguir adelante. El lugar no tenía pérdida: los aposentos del rey estaban solo un poco más adelante, siguiendo por el largo pasillo. A los lados no había nada de interés, varias bibliotecas, baños, dormitorios de otros nobles y empleados... que más daba. Los aposentos del rey estaban al final, y ese era su único camino. Por fin iba a cumplir lo que se había propuesto hace mucho tiempo. Pero, como siempre, no sin inconvenientes.
-¡Intruso!-gritó una voz a su espalda, justo cuando ya veía la puerta de los aposentos del rey, los que por desgracia también había dos guardias custodiándolos que ya lo habían visto también-.
Fabio no tardó en sacar su arma y batirse con el que había gritado a su espalda. No fue tan fácil de vencer como los otros guardias a los que se había enfrentado, ese tenía más nivel, pero una vez rechazó su espada de una buena estocada, pudo enterrar la espada en su pecho limpiamente, haciendo que cayera al suelo. Recogió la espada del caído y, cruzando las manos sobre el pecho y con una espada en cada una de ellas, corrió hacia los dos guardias que se le aproximaban, los de la puerta de los aposentos. Ellos blandían su arma preparados para proteger y atacar en cuanto vieran oportunidad, pero no contaban con que Fabio se agacharía y pasara por al lado de sus piernas, descruzando las espadas y haciendo profundos tajos en sus piernas. Cayeron de rodillas, y, desde detrás, Fabio enterró las dos espadas en sus espaldas, matándolos mientras la sangre corría hasta sus pies. Se retiró la capucha, guardó la espada que había usado desde el principio, que goteaba el rojo líquido tan característico de la muerte, y se dirigió con decisión hacia la puerta de los aposentos.
Adelantó una mano y empujó la puerta con fuerza, que se abrió mostrando su interior. Era una habitación grande, con pocos muebles y una cama con dosel. Una abertura con un pequeño balcón desde el que se veía toda la capital coronaba la sala. Se dirigió hacia al balcón, buscando al rey por los alrededores de la habitación, pero se tuvo que parar en una pared que hizo reflotar el odio en su interior. De la pared, en una especie de diez estanterías de metal, habían diferentes armas, cada una en cada estantería, y atadas a la base con cadenas. De pronto empezó a recordar, y se fijó en la estantería número nueve. Alzó la mano, pero...
-No vas a recuperar eso, muchacho-surgió una voz detrás de él-.
Fabio fue lo bastante ágil como para agacharse, pero algo duro y pesado le golpeó en la cabeza, dejándolo aturdido. El muchacho tuvo tiempo para retroceder, y entonces vio lo que le había atacado. Allí estaba el rey Adelbert, el que había hablado hacía apenas unos segundos, y a su lado, dos o tres cabezas más grande que el rey, un forzudo con una maza de madera de aspecto peligroso.
-Prat no necesita espadas-añadió el rey, mirando a su compañero-. Me extraña que sigas consciente después de ese golpe.
Fabio tocó la cabeza, le había dolido bastante el golpe y ahora estaba un poco mareado. La visión se le volvía borrosa, pero cuando recuperó la sensación de odio que tenía en su interior y miró las dos figuras que tenía delante, volvió a encontrarse dispuesto. Miró al hombre con capa y corona que lo miraba burlescamente. Era un hombre de unos cuarenta y tantos años, con el pelo largo hasta los hombros, liso y moreno, y algunas canas que se adivinaban en las raíces. Su barba también era negra, y sus dientes, torcidos y desagradables. El asesino prefería incluso a su compañero, que era calvo, tenía una inmensa nariz y pinta de no ser muy listo. Fabio desenvainó su espada, apuntando al gobernante.
-A mi me sobran espadas para acabar con vosotros-indicó Fabio, con voz fría igual que su mirada y semblante-. Y solo tengo una.
-Vaya vaya, parecéis muy confiado-dijo Adelbert-. Pero al fin y al cabo no tienes lo que te gusta tener, ¿verdad? Tus armas. Con esa espada no eres tan bueno como lo eras antes.
-¿Quién lo dice?-murmuró Fabio, corriendo para asesinar al rey con su espada-.
-Yo-dijo el rey, sonriendo-.
Prat bloqueó la espada, y de un movimiento rápido, golpeó el estómago de Fabio con la enorme maza, tirándolo a una velocidad sorprendente hacia la entrada del balcón. Fabio entrecerró los ojos, mirando con rabia a sus rivales, y se llevó la mano al estómago. Si seguía así, ese grandullón lo mataría bajo la burlona mirada de Adelbert. De nuevo, y aprovechando la situación de desventaja de el asesino, empezó a hablar tranquilamente.
-¿Para que habéis vuelto, asesino? ¿Para morir? La última vez acabaste mal parado y al norte de estas tierras, encarcelado. ¿Queréis volver? Os llevaremos con gusto.
-He venido a matarte-dijo Fabio, levantándose con una mano sobre el estómago-.
-Que obsesión, la vuestra y de tus compañeros-reprochó Adelbert, sonriendo-. Nunca he sabido que demonios pretendéis o para quién trabajáis, lo único que tengo son hechos. Y es un hecho que has asesinado a muchos de mis hombres, y también de otros reinos. Eso me favorece-pensó-, pero no que acabes con mis hombres. Así que yo acabaré aquí con vos. Aquí y ahora.
-¿Tú?-dijo Fabio, con desprecio-. Tú no, tu enorme amigo, tras el que te escondes. Eres un cobarde, incluso para ser un rey, demasiado cobarde.
-Como osas...-dijo el rey, pero luego volvió a sonreír, luciendo sus torcidos dientes-. No intentes provocarme.
-Digo la verdad-dijo Fabio, avanzando lentamente con la espada en alto-.
-Está bien-dijo el rey, alzando la mano-Aléjate, Prat.
El hombre obedeció y se retiró, situándose al lado de la puerta. El rey lucía la sonrisa socarrona de siempre, no parecía amedrentarse ante la presencia de Fabio, como lo hacían otros. Luego alzó la mano, y desenredó las cadenas de la novena estantería. Bajo la atenta mirada del asesino, vio como el rey sostenía entre sus manos un par de unos extraños guantes grises que llegaban cerca del codo, con una pequeña pieza de metal por encima. Se los colocó tranquilamente, la rabia de Fabio iba en aumento, y después apretó los dedos contra la palma, haciendo que salieran súbita y rápidamente dos cuchillas bastante afiladas por la parte del dorso de la mano. El rey las observó con admiración, haciéndolas girar frente a su rostro y asintiendo.
-Sin duda unas armas excelentes. ¿Quién os las hizo?-preguntó con interés-. Siempre he querido saberlo.
-No os importa-dijo Fabio con desdén-.
-Oh, claro que me importa-replicó el rey-. Estas armas son excelentes para el combate, y me vendrían bien para mi ejército, ahora que está en guerra. Dime quien te las hizo, ahora.
-No-dijo Fabio, mientras sonreía por primera vez-. No te lo diré. Tu reino no merece ganar esa guerra sin final. Otro ejemplo de cobardía es que estéis aquí en vez de luchando con vuestro ejército.
-Eso no te incumbe, mi deber es mantener a los asesinos encarcelados...
-Se ve que lo estás consiguiendo-se burló Fabio-. Y a kilómetros de Carcer Carnifex...
-Suficiente-dijo el rey, caminando lentamente hacia Fabio-. Os van a matar las armas que usasteis para el mismo cometido. ¿Irónico, no?
Fabio no le hizo caso y se lanzó contra él, con la espada en alto. Embistió de frente, pero el rey bloqueó fácilmente con ambas cuchillas. Fabio retrocedió. Pocos reyes los habían con dotes de combate con armas especializadas como aquellas, y Adelbert era uno de ellos. Sin embargo, era mucho más torpe y lento que Fabio, aunque estaba en ventaja por las armas que poseía. Fabio siguió atacando por todos los flancos, y el rey se defendía por todos ellos, reaccionando lo justo para no resultar herido. Fabio llegó a rozarle los ropajes, en cambio el rey no había podido tocarle incluso con las ágiles cuchillas. Sin duda combatían con las armas equivocadas, las no adecuadas para cada uno. El asesino miraba con nostalgia sus cuchillas robadas, y recordó el momento en el que se las habían quitado. Adelbert lucía la misma sonrisa socarrona, y disfrutó encerrándolos a todos. Mala idea, pues ahora iba a cobrar.
-No tenéis nada que hacer con esa espada-dijo el rey, mientras bloqueaba otro golpe-. Lo sabes.
-Cierra el pico, viejo-susurró Fabio, molesto y empezando a atacar con intensidad-. No haces más que fardar, ni siquiera me has tocado en todo el duelo. ¿Dónde está tu valía?
Adelbert se enfureció, y blandió las cuchillas atacando a todos lados, esperando alcanzar al joven asesino. Justo lo que Fabio esperaba, así que empezó a retroceder. El rey seguía atacando con tajos furiosos que cruzaban el aire con rapidez, pero que no llegaban a tocar a Fabio, que los esquivaba y rechazaba con facilidad. El chico se aproximaba a la cama del rey, situada en el otro extremo de la habitación. Justo antes de llegar a la cama, dio un salto hacia atrás que le situó encima de ella, y sin dar tiempo a reacción al rey, saltó por encima de su cabeza y se giró para clavarle la espada por detrás. No contó con que el furioso rey se daría la vuelta y agitaría las cuchillas en un acto desesperado, haciéndole un corte que fue del hombro a la parte derecha del costado. Justo después Fabio logró clavarle la espada como quería, si bien en dirección contraria a la esperada, pero el noble de las Tierras del Norte cayó al suelo, inerte, con la espada de Fabio clavada en su pecho. Fabio sangraba, se agarró como pudo el pecho con la mano por el dolor, y con la otra le arrebató al rey sus cuchillas. A pesar del profundo dolor físico, una parte de su alma estuvo tranquila por dos cosas: Recuperar su arma y vencer a uno de sus enemigos. Se levantó, satisfecho y dolorido, blandiendo sus cuchillas ya colocadas en sus brazos, y se dirigió hacia la puerta de entrada.
-¡Has matado al rey!-exclamó Prat, que seguía allí parado como si no hubiera llegado a procesar aun la pelea debido a su rapidez-¡Guardias! ¡GUARDIAS!
-Idiota-murmuró Fabio, cortándole una de las venas del cuello y provocando que se desangrara-. Da gracias a que te he dejado vivir, grandullón. Aunque no creo que aguantes mucho.
Prat calló de rodillas y Fabio salió de los aposentos reales apresuradamente. La grave y alta voz de Prat seguramente había llegado a oídos de muchos guardias, y dado su estado actual, no le convenía enfrentarse a nadie en aquella situación. Corrió por el pasillo y apretó sus dedos contra las palmas correspondientes de cada mano, surgiendo así sus cuchillas para no esta desprotegido. Pronto estuvo en el piso inferior, que haciendo memoria, logró superar cuando encontró las escaleras que seguían descendiendo. Le dolía el pecho, pero eso era un problema menor. Finalmente encontró la puerta por la que había entrado, e hizo camino atrás todo el recorrido que había hecho para entrar. Se cruzó con un par de guardias en los jardines, a los que eliminó con una sola cuchilla. Ya casi estaba fuera.
Finalmente logró salir, pero los guardias advirtieron en su ropa ensangrentada y su pecho herido. Se acercaron a él para atenderle, luego le miraron con desconfianza. Uno de ellos se adelantó a preguntarle algo.
-¿Venís del castillo? No os he visto entrar-.
-Ya estaba dentro-mintió el asesino-.
-Entiendo-dijo el otro-. Pero, ¿qué te ha pasado?
-Un duelo con uno de los guardias...-volvió a mentir, con intenciones de escabullirse cuanto antes-.
-¿Con los guardias?-dijo el mismo-. No seréis... ¿un ladrón? ¿no seréis el asesino de uno de los guardias de los jardines, que apareció muerto hace unas horas? ¡Me suena vuestra cara, incluso! ¡Quedas arres...
No le dio tiempo a terminar la frase, pues Fabio se liberó de él con toda la agilidad que tenía, y corrió lo más lejos que pudo entre el gentío. Sabía que le perseguían, pero dado su estado y la proximidad de los guaridas, no debía pararse a comprobarlo. Logró darles esquinazo por una callejuela, y finalmente llegó a la calle que a la que él deseaba llegar cuanto antes, donde se encontraba la casa de Asaya. Se acercó, jadeante, y tocó con los nudillos de una mano tres veces mientras el otro brazo se centraba en cubrirse la herida, que le dolía a horrores.
-¿Fabio?-preguntó con esperanza una voz femenina desde el interior-.
Él no respondió, al fin y al cabo, había hecho lo que siempre hacía y lo identificaba: tocar tres veces. Asaya no tardó en aproximarse desde dentro y abrir la puerta de madera con cuidado. Observó a Fabio horrorizada, llevándose las manos al rostro. Él solo se retiró el gorro de la capucha, y dejó que sus ojos negros flotaran en los de ella, inundándose del único sentimiento o mezcla de ellos que se permitía tener, surgiendo únicamente cuando se encontraba con Asaya. Le restó importancia en ese momento, ya que estaba siendo perseguido y herido. Asaya le agarró de la mano y lo llevó hasta dentro, cerrando la puerta e indicándole que se sentara en el banco hasta que ella trajera sus ungüentos. Antes de que se marchara, dejando caer la mano de Fabio, el asesino mencionó algo que marcaría su futuro posterior.
-Tenemos que irnos de estas tierras, Asaya-.

2 comentarios:

  1. Bueno, pues como siempre te estoy diciendo "muy bien" respecto a tu escritura, no te lo volveré a decir y me limitaré a decirte cosas de los capítulos (aunque no sé que coñ*o decirte exactamente xD).

    Bueno, creo que dejar a Prat de lado mientras matan al rey y que se "deje" acuchillar, aunque comprendo que Fabio sea buen asesino y todo eso xD, no me termina de convencer... Respecto a la práctica inexistencia de guardias me imagino que será porque están dando caza a los que escaparon de Carcer Carnifex.

    Por lo demás...sigue así ;D xDD.

    Weee, y con esto te comento el capítulo 4 de Fabio siendo la primera.

    ResponderEliminar
  2. Oh my God, me ha fascinado la lucha contra el rey xD Como todos, se creen unos manda mas y arrogantes bla bla bla

    El capitulo me parecio un tanto largo (ya sabes que me lo he tenido que leer en varias entregas xD).

    Siento curiosidad hacia Asaya, a ver que ocurre ahora que todos tendran que ponerse en marcha :/

    Genialoso, como siempre

    ResponderEliminar

Que buen@ eres, ¿vas a dejar un comentario? :_3